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¿Quién está ahí cuando todo sale mal? El valor invisible del capital social en América Latina

El Índice de Progreso Social mide el capital social a través de un indicador aparentemente sencillo, construido con datos del Gallup World Poll, que pregunta a personas en casi 170 países:» Si estuviera en problemas, ¿tiene familiares o amigos con quienes puede contar para ayudarle cuando lo necesite?» La respuesta, en realidad, es una de […]
27 de mayo de 2026
Jaime García
¿Quién está ahí cuando todo sale mal? El valor invisible del capital social en América Latina

El Índice de Progreso Social mide el capital social a través de un indicador aparentemente sencillo, construido con datos del Gallup World Poll, que pregunta a personas en casi 170 países:» Si estuviera en problemas, ¿tiene familiares o amigos con quienes puede contar para ayudarle cuando lo necesite?»

La respuesta, en realidad, es una de las más reveladoras sobre la salud real de una sociedad. En Islandia, el 98% responde que sí. En Afganistán, apenas el 30%. Esa diferencia de 68 puntos porcentuales no describe solo culturas distintas: describe décadas de construcción institucional versus décadas de conflicto, desplazamiento y ruptura del tejido social. El ingreso económico importa, pero no lo explica todo.

El capital social: un activo invisible con efectos muy reales

Desde principios del siglo XX, las ciencias sociales han intentado nombrar algo que los datos económicos no capturan: la capacidad de cooperar y confiar. Hanifan lo llamó, en 1916, la buena voluntad y empatía que sostienen la vida comunitaria. Putnam lo popularizó como capital social: redes de participación y normas de reciprocidad que lubrican la acción colectiva. Hirschman añadió una paradoja clave: a diferencia del capital físico, el capital social se incrementa con el uso y se erosiona en el desuso.

La tesis de Putnam, aunque influyente, tiene fisuras. Portes advirtió que cae en un razonamiento circular, una región progresa porque tiene capital social, pero la única prueba de este es el propio progreso. Y las mismas redes que generan cohesión interna pueden producir exclusión hacia afuera. El capital social no es intrínsecamente benéfico; depende de hacia dónde apunte.

Lo que sí es sólido es la distinción entre tipos de lazos. Las redes fuertes entre personas similares, familia, vecindario, escuela, permiten sobrevivir las crisis. Pero el progreso requiere lazos puente: redes que conecten a personas diversas con instituciones y oportunidades más allá de su entorno. Una sociedad que solo tiene lo primero aguanta; una que construye ambos, avanza.

América Latina: fortaleza relativa, señales de alerta

Los datos del IPS 2026 muestran que América Latina tiene, en comparación con muchas otras regiones del mundo, resultados relativamente sólidos en este indicador. Uruguay lidera con un 91.5% de personas que sienten que pueden contar con ayuda; le siguen Argentina (90.5%), Paraguay (90%), Panamá (89%) y Costa Rica (88.5%). Incluso países con desafíos económicos importantes mantienen niveles altos de apoyo social y familiar.

Esto refleja algo histórico, en América Latina, la familia extendida, los vecinos, las amistades cercanas, las iglesias y las organizaciones locales han funcionado durante décadas como mecanismos informales de protección social cuando el Estado o el mercado no logran responder. Es capital social de cohesión en estado puro. Imprescindible, pero insuficiente: la región necesita también construir las redes que cruzan fronteras sociales y conectan a los ciudadanos con instituciones que funcionan.

Hay señales de alerta. Honduras y El Salvador registran apenas un 74% más de 15 puntos por debajo de los líderes regionales, mientras Perú (79%) y Bolivia (78%) se ubican por debajo del promedio latinoamericano. Y más allá de los números, muchas de estas redes operan bajo presión creciente. La urbanización acelerada, la inseguridad, la migración, o la polarización política erosionan gradualmente los vínculos sociales. Tener miles de conexiones en redes sociales no es lo mismo que tener a alguien que responda el teléfono en una emergencia.

Por qué este indicador importa más allá del bienestar

La capacidad de contar con apoyo tiene efectos concretos sobre el desarrollo: mejora la salud mental, reduce la vulnerabilidad ante crisis, fortalece la resiliencia económica y facilita la movilidad social. Durante la pandemia quedó claro que muchas personas sobrevivieron gracias al apoyo informal de familiares, vecinos y comunidades, no a la intervención del Estado.

Desde una perspectiva económica, el capital social reduce los costos de transacción, genera normas de reciprocidad que hacen innecesarios contratos costosos y fomenta la cooperación donde de otro modo reinaría la desconfianza. Una sociedad donde las personas saben que no están solas ante una pérdida de empleo, una emergencia médica o una crisis emocional es más resiliente, más cooperativa y, en términos medibles, más productiva.

Reconstruir lo que no se ve

El problema es que el capital social no aparece en los presupuestos públicos ni tiene partida en el PIB. Es invisible hasta que se deteriora: cuando la desconfianza se instala y el tejido social se fragmenta, los costos emergen en productividad perdida, colaboración que no ocurre, e innovación que no se materializa, sin que nadie los haya contabilizado antes. Y si bien, no existe política pública que genere capital social de la noche a la mañana, si hay condiciones que lo potencian como ciudades más caminables, espacios comunitarios, experiencias compartidas, confianza institucional, acceso a entornos con oportunidades y libertades, etc.

Finalmente, no hay que olvidar, que la meta no es solo preservar las redes de cohesión que ya existen, sino construir también las que conectan a personas diversas con instituciones formales e informales que funcionan. Esta combinación genera sociedades que no solo aguantan los golpes, sino que avanzan y prosperan en lo económico y en lo social. Así, en un contexto global cada vez más incierto, el verdadero indicador de resiliencia podría ser este: cuántas personas sienten que alguien estará ahí cuando más lo necesiten. Entendiendo que eso no se compra ni se decreta, se construye con todos los miembros de la sociedad.

Por: Jaime García

Director de Impacto & Sostenibilidad

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