• Con un alarmante 24.45%% de la población joven en Centroamérica identificados como NINI, o jóvenes que ni estudian ni trabajan, la región compromete su futuro. Esta cifra es superior al promedio mundial de 22.23% y del promedio de los países de la OCDE que tienen un 11.12% de población joven en esta condición.

Jaime García, Director de Proyectos del Índice de Progreso Social de CLACDS/INCAE.

En un mundo que avanza a la velocidad de la cuarta revolución industrial, donde la tecnología digital promete un futuro disruptivo en lo social y en lo económico; la región se encuentra con un desafío urgente que si no se atiende urgentemente puede limitar su capacidad para generar prosperidad. Este desafío es el creciente porcentaje de jóvenes que no tienen empleo, educación o capacitación, conocidos como el grupo NINI.

Para comprender completamente la gravedad de este problema, vayamos a los números que publica la Organización Internacional del Trabajo. En el Triángulo Norte, en Guatemala el porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan aumentó del 24.67 % en 2011 a un alarmante 31.66 % en 2022. Lo mismo que Honduras, que ha mantenido un aumento constante en sus tasas, saltando del 26.53 % en 2011 al 31.96 % en 2022. Sólo El Salvador vio reducido su porcentaje NINI del 28.93 % en 2011 al 26.74 % en 2022; y aunque muestra tendencia decreciente en el último año, aún mantiene niveles superiores al promedio Latinoamericano.

En el resto de la región el fenómeno se ha mantenido estable y por debajo del promedio Latinoamericano. Costa Rica, aunque con un período de fluctuación, se encuentra con un 20.16 % en 2022. Panamá ha tenido una ligera reducción en su porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan pasando de un 20.08 % en el 2011 a un 18.74 % en el 2022. Aunque ambos países muestran una tendencia creciente producto de la crisis de la pandemia. En el caso de Nicaragua, no hay datos suficientes para analizar.

La magnitud de estos datos se hace más clara cuando comparamos con economías más prósperas. Por ejemplo, América del Norte registró un porcentaje del 17.93 % en 2022, mientras que el promedio de la OCDE se situó en el 11.12 %. Esta comparación sirve para enfatizar la necesidad crítica de acción en la región.

Particularmente si se consideran los efectos negativos asociados a una población joven que no produce ni se educa.

Un grupo sustancial de personas jóvenes que no estudian ni trabajan implica un potencial sin explotar que, de otro modo, podría estar contribuyendo a la innovación y la productividad. Una tasa alta NINI genera pérdidas económicas significativas en términos de contribuciones al Producto Interno Bruto (PIB) y mayores gastos de asistencia social por una población más pobre.

Figura 1. Jóvenes que ni estudian ni trabajan como porcentaje del total de jóvenes (15 a 24 años). Fuente: Organización Internacional del Trabajo, ILOSTAT.

Figura 1. Jóvenes que ni estudian ni trabajan como porcentaje del total de jóvenes (15 a 24 años). Fuente: Organización Internacional del Trabajo, ILOSTAT.

En términos del bienestar las personas en la categoría de NINI a menudo enfrentan problemas de salud mental y física debido al desempleo y la falta de compromiso educativo. También, socialmente, se magnifica el malestar social; pues los altos niveles de frustración y desilusión generalizadas fomentan sentimientos de marginación, potenciando el riesgo de inestabilidad social.

Pero a pesar del escenario sombrío, la buena noticia es que no es un desafío insuperable. Eso si, se requieren políticas integrales que abarquen la educación, el empleo, la protección social y, sobre todo, la inclusión. Abordando los distintos desafíos y barreras que enfrentan las mujeres, las comunidades indígenas y otros grupos marginados que a menudo forman una gran parte de la población NINI.

Y como todo problema complejo, se requieren alianzas multisectoriales, donde el sector privado y el sector educativo puedan priorizar el desarrollo e implementación de programas de capacitación vocacional, servicios sólidos de orientación profesional, y oportunidades educativas flexibles que se alineen con las necesidades del mercado laboral; y que faciliten la transición de la educación al empleo.

El futuro es ahora y el reto no es menor, pues ante un mundo que avanza hacia un mañana de Inteligencia Artificial y tecnologías exponenciales, el correcto capital humano será la clave para lograr atraer inversiones, aumentar el consumo, mejorar la productividad; en fin, generar un crecimiento económico sostenido. En ese sentido, se debe de tener claro que no se podrá aspirar a una región próspera, moderna y con altos niveles de progreso social, si los jóvenes no están preparados para ese futuro.