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Cuando pensamos en los retos nutricionales de América Latina, casi siempre imaginamos hambre, desnutrición infantil o inseguridad alimentaria severa. Son problemas reales y, en varios países de la región, todavía urgentes. Pero hay otro riesgo, más silencioso, más extendido y presente en cada supermercado, soda o mesa familiar, que rara vez ocupa titulares: comemos, en promedio, muy pocas frutas y verduras.
Con el Índice de Progreso Social incluímos este riesgo dentro del componente de Nutrición y Cuidados Médicos, con un indicador construido por el Institute for Health Metrics and Evaluation: la prevalencia de dietas bajas en frutas y verduras, ponderada por riesgo y estandarizada por edad, lo que la literatura técnica llama Summary Exposure Value o SEV. En términos simples, mide qué tan expuesta está la población de un país a este riesgo. No es un juicio sobre fuerza de voluntad individual, sino una métrica con consecuencias medibles: la Organización Mundial de la Salud recomienda un mínimo de 400 gramos, unas cinco porciones, de frutas y verduras al día, y el análisis del proyecto científico Carga Global de Enfermedades (GBD por sus siglas en inglés) atribuye al consumo insuficiente de ambas cerca de 2.6 millones de muertes en el mundo en 2021, la mayoría por enfermedad cardiovascular.
Entre los 194 países con datos disponibles para este indicador, el mejor posicionado del planeta es Albania (puesto 1), seguido por Turquía (puesto 2) y Uzbekistán (puesto 4), ambos entre los diez primeros gracias a dietas tradicionales ricas en verduras y vegetales. En el extremo opuesto, el país más rezagado del planeta es Chad, en el último lugar (puesto 194), rodeado de otras naciones de África subsahariana donde el acceso a una producción agrícola diversa sigue siendo limitado. El patrón confirma algo que se repite en otros indicadores del IPS: el ingreso económico importa, pero no lo explica todo.
Como región, América Latina y el Caribe se ubica, en promedio, mejor que el resto del mundo en este indicador, una buena noticia relativa heredada en parte de una oferta agrícola tradicionalmente diversa. Pero conviene no relajarse, desde 2011, el promedio mundial ha mejorado levemente, mientras el promedio regional ha retrocedido un poco. Y ese promedio regional esconde una dispersión enorme. El mejor desempeño de toda la región lo tiene República Dominicana, en el puesto 13 de 194 países, a la altura de varias economías europeas. En el otro extremo, Nicaragua es el país peor posicionado de toda América Latina, en el puesto 166.
En Centroamérica, El Salvador, en el puesto 107, se ubica casi exactamente en el promedio mundial. Costa Rica, en el puesto 116, queda apenas peor que el promedio mundial y que el latinoamericano. El dato sorprende pues Costa Rica tiene el mejor desempeño en América Latina en el componente completo de Nutrición y Cuidados Médicos Básicos gracias a su baja mortalidad infantil y materna y su cobertura de salud casi universal. Aun así, en este indicador específico queda rezagada. La lectura es clara: haber construido un sistema de salud sólido no garantiza, por sí solo, que la población coma bien. Son retos de política distintos, uno de infraestructura sanitaria, otro de prevención y sistema alimentario y requieren herramientas distintas.
Siguiendo en la región se encuentra a Guatemala (puesto 131), Panamá (puesto 133) y Honduras (puesto 146) que conforman un grupo intermedio-bajo, cada uno con un reto distinto, en Guatemala, la desnutrición crónica infantil compite por atención y presupuesto con la dieta del resto de la población; en Panamá, la brecha de acceso entre zonas urbanas y rurales se refleja en el promedio nacional; en Honduras, la pobreza rural y la informalidad limitan el acceso regular a productos frescos.
El problema es especialmente relevante para América Latina y el Caribe porque la región ya vive bajo el peso de las enfermedades no transmisibles. Según la Organización Panamericana de la Salud, en 2021 estas enfermedades causaron 6 millones de muertes en las Américas, equivalentes al 65% de todas las muertes de la región. También representaron 254 millones de años de vida ajustados por discapacidad, una medida que combina muerte prematura y años vividos con enfermedad o discapacidad. No se trata solo de morir antes, sino de vivir durante años con hipertensión, diabetes, enfermedad renal, complicaciones cardiovasculares o cáncer.
La carga tampoco se distribuye únicamente en edades avanzadas. La OPS estima que casi 40% de las muertes por enfermedades no transmisibles en las Américas ocurre antes de los 70 años. En 2021, las enfermedades cardiovasculares causaron 2.16 millones de muertes en la región, seguidas por el cáncer con 1.37 millones, la diabetes con más de 420 mil y las enfermedades respiratorias crónicas con más de 416 mil. Por eso, una mala dieta no solo llena hospitales: reduce años de vida productiva, genera ausentismo, incapacidad prolongada, gasto de bolsillo para los hogares y presión fiscal sobre los sistemas de salud.
El costo económico es igualmente profundo. El Banco Mundial advierte que las enfermedades no transmisibles generan costos por necesidades prolongadas de atención médica, pérdidas de productividad por ausentismo y discapacidad, y gasto de bolsillo en servicios y medicamentos. A escala global, estima que estas enfermedades podrían costarle a la economía mundial alrededor de US$30 mil millones en los próximos 20 años.
Hay una ironía que vale la pena señalar, Costa Rica es uno de los mayores exportadores de piña del mundo; México, Honduras y Guatemala, referentes históricos en frutas y hortalizas. Y aun así, buena parte de sus propias poblaciones no come lo suficiente de lo que la región produce. En ese sentido, el bajo consumo de frutas y verduras debe leerse como una señal temprana de presión futura sobre la salud, la productividad y las finanzas públicas. Porque finalmente, el impacto no se queda en los hospitales. Las enfermedades no transmisibles golpean, sobre todo, a la población en edad productiva, generan ausentismo, incapacidad prolongada y muertes prematuras que reducen la fuerza laboral disponible. Para economías que ya compiten con brechas de productividad frente al resto del mundo, la salud metabólica de la población no es solo un tema de bienestar individual, sino también de competitividad país.
Por: Jaime García
Director de Impacto & Sostenibilidad