• Ante un 2023 que rompe récords de temperatura a nivel global, el clima extremo se materializa como un factor de riesgo para la economía regional.

Según el Servicio de Cambio Climático de Copernicus de la Unión Europea, julio será el mes más caluroso desde que hay registros, tuvo un periodo con las tres semanas más calientes, y los tres días más cálidos desde 1940, además se tuvieron las temperaturas oceánicas más altas jamás registradas para este periodo del año. En ese sentido, las tendencias parecen indicar que el 2023 será uno de los años más calurosos. Estas temperaturas extremas que afectan en todo el mundo son consecuencia de varios factores, principalmente el cambio climático causado por las actividades humanas, y el fenómeno del Niño que recién se confirmó.

El Niño es un evento climático que ocurre cada 3 o 4 años, cuando las aguas del Océano Pacífico ecuatorial se calientan más de lo normal. Este calentamiento provoca cambios en los patrones climáticos globales; y puede durar desde unos pocos meses hasta un año o más. Actualmente hay 90% de probabilidades de que continúe durante el invierno del hemisferio norte. Los efectos del Niño pueden ser muy variados, incluyendo fuertes lluvias, inundaciones, sequías, incendios forestales, y cambios en los ecosistemas marinos y terrestres.

Es importante entender que los eventos climáticos extremos, van más allá de ser aspectos del ambiente, son también factores económicos; pues por ejemplo, pueden tener un impacto devastador en la productividad agrícola. Sequías prolongadas, inundaciones, olas de calor y tormentas extremas pueden destruir cultivos, alterar patrones de crecimiento, propagar plagas y enfermedades, y finalmente reducir los rendimientos, limitando la cantidad de productos disponibles para la venta y la exportación. En ese sentido, el clima extremo añade un nivel de riesgo y complejidad a las actividades agrícolas.

Estos riesgos climáticos tienen el potencial de descarrilar las economías de la región que siguen dependiendo en gran proporción de la producción agrícola. Así por ejemplo, si vemos el valor de las exportaciones por país reportadas en el Atlas de Complejidad Económica de la Universidad de Harvard, se encuentra que salvo por Panamá con un 7.1%; en el resto de los países, el peso de las Agro exportaciones es alto, pues en El Salvador representa 19.2% del valor total de todas las exportaciones, en Costa Rica 25.2%, en Honduras 31.2%, en Nicaragua 38.2%, y en Guatemala 46.7%. Como referencia, en Estados Unidos representa un 8.6% y en México un 9.8%.

Figura 1: Peso de las Agro exportaciones respecto al valor de las exportaciones totales. Fuente: Cálculos propios con datos del Atlas of Economic Complexity de la Universidad de Harvard.

Los números nos muestran a una región vulnerable; lo que significa que para hacer frente a estos riesgos hay que tomar medidas que generen resiliencia y mitiguen los impactos. La forma de hacerlo es por medio de prácticas agrícolas resilientes al clima. Esto incluye técnicas como rotación de cultivos, el uso de variedades resistentes a la sequía o inundaciones, diversificación de cultivos, o implementación de prácticas de conservación del suelo.

También es un tema de cambio tecnológico, como incorporar tecnologías de precisión, tales como sistemas de información geográfica (GIS), teledetección, drones, o inteligencia artificial, que pueden ayudar a los agricultores a tomar decisiones más precisas sobre cuándo y dónde plantar, y cómo manejar sus cultivos para maximizar la eficiencia del agua y los nutrientes.

La infraestructura juega un papel relevante en este tema, particularmente la de riego. El diseño e implementación de sistemas de riego eficientes pueden minimizar el desperdicio de agua y asegurar que los cultivos reciban suficiente riego durante los períodos de sequía. Igual de importante es el sistema financiero y el acceso a seguros agrícolas. Los seguros agrícolas pueden proporcionar un colchón financiero para los agricultores cuando enfrentan pérdidas debido a eventos climáticos extremos.

Y como en cualquier reto complejo que requiere transformación, la formación de capital humano y la gestión del conocimiento son elementos clave. La capacitación y la educación sobre el cambio climático y cómo adaptarse a él es esencial tanto para los agricultores como para las partes interesadas asociadas al sector. Esta educación puede incluir información sobre nuevas técnicas de cultivo, tecnologías y estrategias para manejar el riesgo climático.

En este proceso, los gobiernos desempeñan sin duda un papel crucial, ya que son los encargados de crear el entorno de negocios e inversión que incentiva la adopción de prácticas agrícolas sostenibles y resilientes frente al clima. También tienen la responsabilidad de promover el uso de nuevas tecnologías y asegurar un acceso sencillo y eficiente a seguros y créditos.

Finalmente, el incentivo para adaptarse es claro, mantener a la economía funcionando, S&P Global estima que en la región hasta un 90% del Producto Interno Bruto está expuesto a riesgos climáticos. Empezar a construir sectores más resilientes, ante este contexto climático disruptivo, requiere de dinámicas colectivas que garanticen la participación de todos los actores de la sociedad. Entendiendo, que el tema no es meramente ambiental o climático, el objetivo es garantizar la continuidad del negocio ante un entorno de riesgos globales, ¿podrá la región hacer los cambios necesarios a tiempo?