No. 5, noviembre 2021. 

“Luis” ocupaba el asiento en el centro de la última fila del aula en Montefresco, Nicaragua, y siempre intentaba hacer la última intervención. Por la naturaleza del curso—Procesos Gerenciales, sobre la ejecución de estrategia—se lo impartía casi al final del programa de MBA.

Era una tarde lluviosa, a mediados de mayo. Los estudiantes ya estaban pensando en qué iban a hacer después de graduarse, en apenas tres semanas. No obstante, la discusión, sobre una empresa que tenía que implementar un plan estratégico, había ido relativamente bien. El reloj marcaba tres con diez minutos—quedaban apenas diez minutos—y yo pensé cerrar la sesión con un breve resumen de las ventajas y escollos de los procesos de planificación estratégica en empresas emprendedoras, acostumbradas a manejarse informalmente, cuando Luis levantó la mano. Le di la palabra.

Un error.

“Según nosotros los comunistas,” comenzó, “¡Solamente el estado puede hacer la planificación! Usted se equivocó en usar esa palabra. Una empresa solo puede hacer la planeación…”

Silencio. Y de pronto, una multitud de manos se levantó, algunos estudiantes silbando y unos pocos aplaudiendo. Caos.

¿Cómo cerrar una clase? Con un aterrizaje controlado. No es el momento para acrobáticos aéreos, ni para abrir la caja de Pandora.

Tampoco es el momento de presentar un Powerpoint con las conclusiones o aún peor, con la “solución” del caso, que nulifica el propósito de haberlo discutido. Hay otras opciones y en este espacio voy a referirme únicamente a tres: 1) lecciones aprendidas, 2) recorrido de la pizarra y 3) reflexiones diferidas. Generalmente prefiero la opción de lecciones aprendidas porque mantiene la modalidad participativa con mínimo riesgo. Hago “llamadas tibias” (warm calls) a dos o tres estudiantes quienes han hecho aportes memorables a la discusión, así asegurando la buena calidad de las lecciones que aportan y a la vez, reconociendo que sus participaciones durante la discusión han sido valiosas.

Hago uso del recorrido de la pizarra cuando la comprensión del proceso analítico que hemos seguido está entre los objetivos de aprendizaje. En este recorrido, subrayo aspectos clave—que los estudiantes han aportado—y uso flechas para conectar los puntos interrelacionados, trasmitiendo el mensaje que el contenido de la pizarra es de ellos. Mi rol ha sido organizar las ideas que han pasado la prueba de la discusión, basada en la evidencia del caso.

La reflexión diferida es una excelente manera de profundizar, algo muy difícil—por lo menos para mí—al final de una clase. Tengo que reflexionar sobre lo que pasó en la sesión. Hago esta reflexión mientras estoy evaluando las contribuciones de la clase, y preparo unos seis a ocho puntos basados en los aportes más valiosos de los estudiantes, en mi propio análisis y refiriéndome a los conceptos “generalizables” y las teorías relevantes.

Algunos colegas han tenido éxito enfocando en los objetivos de la sesión, planteándolos al inicio y revisando el grado de haberlos alcanzado al cerrar la sesión. Puede funcionar cuando los objetivos sean de la adquisición de conocimientos, pero es menos eficaz cuando son de la adquisición de destrezas o el cambio de actitudes, más difíciles de medir a corto plazo.

John C. Ickis